Agustín de Hipona

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San Agustín de Hipona (Aurelius Augustinus), el más grande de los Padres Latinos, nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste de Numidia (actuales Suq Ahras y Túnez, respectivamente). Hijo de padre pagano, Patricio, sin embargo fue educado como cristiano por su piadosa madre, Mónica (Santa Mónica). Fueron sus hermanos Navigio y Perpetua (que llegaría a ser abadesa).

Biografía

Siendo un niño -365- se trasladó a Madaura, en la citad provincia de Numidia, donde estudió gramática y los clásicos latinos. Tras un año de residencia nuevamente en Tagaste (369-370) marchó a Cartago a estudiar retórica, iniciándose su interés por los problemas filosóficos y religiosos, especialmente tras la lectura del desaparecido diálogo Hortensius, de Cicerón. En esta última ciudad, de su relación con una amante, tuvo un hijo: Aedodato.

Cartago era un centro metropolitano, cosmopolita, abierto a muchas modas y corrientes intelectuales nuevas que terminaron influyendo en el joven Agustín. Llegó a estar profundamente comprometido con el maniqueísmo, defendiendo la posición de esta secta sobre la dualidad original del Bien y del Mal. El problema del mal en el mundo vendría a ser, a partir de aquí, un tema que le iba a preocupar toda su vida.

Tras una nueva estancia en su ciudad natal -374-, volvería a Cartago, donde establecería una escuela de retórica para, pocos años después -383-, viajar a Roma para enseñar retórica en la capital del Imperio, abriendo en ella asimismo otra escuela de esta disciplina. Durante este período se acercó más a la filosofía -lecturas de Cicerón y de Platón-, recibiendo la influencia del estoicismo, del escepticismo y, más tarde, del neoplatonismo (Plotino).

Ya con anterioridad a su partida para Roma, Agustín manifestó dudas acerca del dualismo maniqueo, que se intensificaron durante su estancia en Roma (entrevista con el obispo maniqueo Fausto). Pero es en el año 384, con su traslado a Milán para impartir clases de retórica (obtiene un puesto municipal como profesor de esta materia), cuando comienza a expresar sus primeras fuertes inclinaciones a las creencias cristianas, en parte por la influencia de los sermones de San Ambrosio sobre las Escrituras y en parte por la lectura y conocimiento de varios textos plotinianos en la versión latina de Mario Cayo Victorino, "El Africano", que socavaron fuertemente sus convicciones precristianas.

Ell neoplatonismo lo inclinó favorablemente a las tesis cristianas: por ejemplo, "el efecto del neoplatonismo fue liberarle de las cadenas del materialismo y facilitarle la aceptación de una realidad inmaterial. Además, el concepto plotiniano del mal como privación, más bien que como un concepto positivo, le mostró cómo podía afrontarse el problema del mal sin tener que recurrir al dualismo de los maniqueos" -Frederick Copleston-.

En 386/387, tras las dramáticas crisis espirituales descritas en su autobiografía, Confesiones, y su estrecho contacto con San Ambrosio, obispo de Milán, finalmente se convertirá al cristianismo (Confesión VIII), siendo bautizado junto a su hijo por el santo milanés. En ello tendría también un papel central las lecturas de los evangelios y de San Pablo e, igualmente, el encuentro con dos hombres, Simpliciano y Ponticiano. El primero, un anciano sacerdote, ofreció a Agustín un informe de la conversión de Victorino, el neoplatónico, al cristianismo con el resultado de que él mismo "ardió en deseos de hacer otro tanto"; el segundo le habló de la vida de San Antonio de Egipto, que enfrentó a la conciencia y a la voluntad de Agustín con el disgusto por su propio estado moral.

Desde el cristianismo, pues, a partir de esta fecha, leería e interpretaría la filosofía más influyente de la época: el neoplatonismo y a su principal representante, Plotino; y comienza su más intensa actividad como escritor, retirándose del profesorado y estableciéndose en Cassiciaco, donde profundizará en la comprensión del cristianismo, cada vez menos recubierto de las adherencias neoplatónicas.

Poco después de la conversión de Agustín, su madre, Santa Mónica, que había pasado a Italia, falleció en Ostia, donde esperaba un barco. Con anterioridad, años antes de su muerte, también se convertiría al cristianismo su padre, Patricio.

Retornó al norte de África en el otoño del año 388, residiendo en su ciudad natal y fundando una pequeña comunidad monástica, en la que estuvo hasta ser ordenado sacerdote -391- por el entonces obispo de Hipona, Valerio. Como este deseaba la ayuda de San Agustín, se estableció en Hipona, donde fundaría un monasterio.

En el año 395/396 Agustín fue consagrado obispo auxiliar de Hipona, fundando otro monasterio poco después de su consagración. Cuando Valerio, obispo titular, fallece en 396, Agustín le sucede en la sede episcopal de Hipona. Desde ella sería un implacable oponente de las herejías donastista, pelagiana, maniquea y priscilianista, pasando a constituirse en un adalid de la ortodoxia cristiana.

Permanecerá en Hipona hasta su muerte el 28 de agosto del año 430, cuando los vándalos de Geneserico, caída ya Roma en el poder de los bárbaros, estaban sitiando la ciudad. Su conmemoración en la Iglesia Ortodoxa se celebra el 15 de junio.

Obra

Escritor prolífico y fuera de lo común, toda su obra lleva impregnada el sello de su personal lucha espiritual y fue engendrada en el curso de una vida apasionada y activa.

Propiamente hablando, en San Agustín no hay "una filosofía" separable de su teología, y hasta de sus experiencias personales. La reflexión filosófica, para San Agustín, procede según la fórmula del "Credo, ut intelligam", precisada justamente dentro de la tradición agustiniana por Anselmo de Canterbury: San Agustín no cree por que sí, y menos porque el objeto de la creencia sea absurdo; tampoco comprende por comprender, sino que cree para comprender y comprende para creer.

Hoy, la mezcla de temas filosóficos y teológicos en la obra de San Agustín puede parecernos extraña y poco metódica desde nuestra costumbre por la clara delimitación de la teología dogmática y la filosofía. "Pero debemos recordar que Agustín, en común con otros Padres y antiguos escritores cristianos, no hizo esa clara distinción. No es que Agustín dejase de reconocer, ni menos aún negase, la capacidad del intelecto para alcanzar la verdad sin la revelación; es más bien que veía la sabiduría cristiana como un todo; que trataba de penetrar la fe cristiana mediante su entendimiento, par ver el mundo y la vida humana a la luz de la sabiduría cristiana. (...) no era tanto el mero asentimiento intelectual (...) lo que le interesaba cuanto el asentimiento real, la adhesión positiva de la voluntad de Dios; y sabía que en concreto una adhesión así requiere la gracia divina" -F. Copleston-.

También, en este mismo autor, "La razón tiene un papel que desempeñar para llevar al hombre hacia la fe, y, una vez que el hombre tiene ya fe, la razón tiene un papel en la penetración de los datos de dicha fe; pero es la relación total del alma a Dios lo que primariamente interesa a Agustín".

Los temas teológicos y, pues, filosóficos, principales en su obra pueden resumirse en los siguientes: la relación entre la Razón y la Fe; el conocimiento y la trascendencia; la libertad del hombre y la existencia del mal en el mundo; y la historia universal y el Estado.

Como teólogo la impronta de San Agustín fue decisiva en la doctrina acerca de la Trinidad, la Gracia y la Iglesia, en la posición de la Iglesia frente al Estado y en el desarrollo del monacato occidental. Será punto de referencia en las controversias sobre la Gracia, el libre albedrío, el pecado, la salvación, la Trinidad y el matrimonio, que permanentemente emergerán en el seno del cristianismo. La Iglesia encuentra en él, en muchos casos, un refrendo doctrinal sólido.

Desde la perspectiva filosófica, es destacable su análisis de la espiritualidad del alma humana, que él ve como copia del Dios uno y trino y en estrecha relación con Éste. A partir de la experiencia de la duda logra la certeza de la vida interior en relación con Dios: el que duda sabe que vive y que aspira a la verdad; en este dato se experimenta la capacidad de la razón para acceder a la visión de la realidad incorpórea (platonismo). Pero esta verdad eterna, las ideas, únicamente nos es accesible por medio de la iluminación divina (teoría de la iluminación). Nuestra respuesta al conocimiento del mundo debe ser, por consiguiente, amar a Dios, que es el amor por esencia. La dirección hacia ese fin es competencia de la voluntad (voluntarismo) del ser humano, sometido al pecado, la cual a su vez se encuentra con la voluntad de redención por parte de Dios.

Como filósofo, por tanto, ensaya desde sí mismo ("Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas; et si tuam naturam mutabilem inveneris trascende et te ipsum") un camino nuevo para llegar a Dios. Este está más presente a nosotros mismos que nosotros mismos. En otras palabras, la inteligencia y la voluntad se constituyen en dos vías de trascendimiento para encontrar a Dios en uno mismo.

Abre así el campo filosófico a las pruebas de la existencia de Dios, anticipándose a Descartes y a ciertos existencialismos.

La voluntad divina, también, determina la historia universal, en el que el reino del desamor, de la soberbia y del afán de poder y de dominio (civitas terrena o Diaboli) está en pugna con el reino celestial del amor, la humildad y el bien (civitas coelistis o Dei): este reino entrará en su fase decisiva con la aparición de Cristo y terminará con la victoria de Dios.

Entre sus muchísimas obras pueden destacarse las Confesiones (397-401), que constituye un clásico de la literatura universal y una impactante biografía espiritual e intelectual, prueba de la fuerza de su experiencia religiosa, a la par que una original obra filosófica (significativa, por ejemplo, discusión sobre la naturaleza del tiempo); y La Ciudad de Dios (413-426), monumental obra (22 libros) que expone la historia de la humanidad en términos de oposición y conflicto entre lo espiritual y lo temporal, finalizando -como se ha indicado anteriormente- con el triunfo de la Ciudad de Dios, cuya manifestación histórica en la tierra es la Iglesia.

Otras obras: Soliloquia (386-387); De Gratia et libero arbitrio (388-395); De Trinitate Dei (399-401); y De fide et operibus (413).

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