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"Condenado a ser inmortal" de San Justino Popovich

San Justino (Popovich), archimandrita de Celije

Los hombres condenaron a Dios a la muerte; Dios, en cambio, los sentenció, por medio de Su Resurrección, a la inmortalidad. A cambio de sus golpes, Él les ofrece abrazos; por sus insultos, reciben bendiciones; por la muerte, inmortalidad. Los hombres nunca mostraron tanto desprecio por Dios como cuando lo crucificaron; y Dios nunca mostró tanto amor por la humanidad como cuando lo hizo resucitando. Los hombres querían hacer de Dios un mortal, mas Dios, por medio de Su Resurrección, concibió volverlos inmortales. El Dios crucificado resucitó y venció a la muerte. La Muerte no es nada. La Inmortalidad se apoderó del hombre y de todo su mundo.

A través de la resurrección del Dios-Hombre, la naturaleza del hombre fue llevada por el camino de la inmortalidad, y la muerte se volvió, de este modo, cobarde. Pues, antes de la Resurrección de Cristo, la muerte era algo temido por el hombre; mas, después de la Resurrección del Señor, el hombre se transformó en algo temible para la muerte. Si un hombre vive en la Fe en Dios-Hombre Resucitado, él vive más allá del alcance de la muerte. Se vuelve inalcanzable para la muerte. La muerte es transformada en una “alfombra bajo sus pies”: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (I Corintios, 15, 55) Así, cuando un hombre ante Cristo ofrece su último suspiro, pierde apenas la cáscara de su cuerpo, la cuál vestirá nuevamente en el día de la Segunda Venida.

Hasta la Resurrección del Cristo Dios-Hombre, la muerte era la segunda naturaleza del hombre; la primera era la vida, la segunda era la muerte. El hombre se acostumbró a la muerte como algo natural. Pero con la Resurrección del Señor, todo mudó: la inmortalidad se convirtió en la segunda naturaleza del hombre. Se trocó en algo natural para el hombre, en la medida que la muerte se volvía antinatural. Exactamente como antes de la Resurrección de Cristo era natural para el hombre ser mortal, ahora es natural que el hombre sea inmortal.

Por medio del pecado, el hombre se hizo mortal y limitado; por medio de la Resurrección del Dios-Hombre, él es inmortal y eterno. Precisamente en eso descansa el poder, el dominio y la omnipotencia de la Resurrección de Cristo. Más allá incluso, sin la Resurrección de Cristo no habría Cristiandad. Entre los milagros, el mayor de todos es la Resurrección del Señor. Todos los otros milagros provienen de la Resurrección y giran en torno a ella. De ella procede la fe, el amor, la esperanza, la oración y el juicio de Dios. Los apóstoles fugitivos, aquellos que huirán lejos de Jesús cuando Su muerte, volverán a Él con Su Resurrección. Y el centurión romano, cuando vio a Cristo resucitado de su tumba, confesó que Él era el Dios-Hombre. Fue de este modo como los primeros Cristianos se volvieron Cristianos: porque Cristo resucitó, por Él dominó a la muerte. Esto es algo que ninguna otra religión tiene; es esto, la Resurrección, lo que exalta a Cristo sobre todos los otros hombres sobre todos los demás dioses. Es esto lo que, de manera única e incuestionable, muestra y prueba que Cristo es el único verdadero Dios y Señor de todos los mundos conocidos y desconocidos.

A causa de la Resurrección de Cristo, a causa de Su dominio sobre la muerte, los hombres se convirtieron, se convierten ahora, y se convertirán en Cristianos en el futuro. Toda la historia del Cristianismo no es más que un único y mismo milagro, el milagro de la Resurrección de Cristo, que está eternamente contenido en los corazones de los Cristianos, día tras día, año tras año, era tras era hasta la Próxima Venida.

El hombre nace verdaderamente no cuando su madre lo alumbra, sino cuando él comienza a creer en el Salvador Resucitado, Cristo; en ese momento él nace para la inmortalidad y la vida eterna, mientras que la madre trae al niño apenas para la muerte, apenas para la sepultura. La Resurrección de Cristo es la madre de todos nosotros, Cristianos: la madre de todos los que no morirán. Por medio de su fe en la Resurrección de Cristo, el hombre nace de nuevo, para la eternidad.

Eso es imposible, cuestiona el incrédulo. Y el Dios-Hombre Resucitado responde: “¡Todo es posible para quien cree!” (San Marcos 9, 23) Y aquel que cree es el que, con todo su corazón, con toda su alma y con todo su ser, vive de acuerdo con el Evangelio del Señor Jesús Resucitado.

Nuestra fe es la victoria en la cual dominamos a la muerte; fe, esto es, en el Señor Resucitado. “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado” (I Corintios 15, 55-56) Por medio de Su Resurrección, el Señor arranca el aguijón de la muerte. La muerte es la serpiente y el pecado es su aguijón. A través del pecado, la muerte inyecta su veneno en el cuerpo y en la alma de los hombres. Cuantos más pecados el hombre tiene, más poderoso es el aguijón por el cual la muerte inyecta su veneno en él.

Cuando una avispa aguijonea a alguien, esa persona hace todo lo posible para extraer el aguijón de su cuerpo. Más cuando es aguijoneado por la muerte –ese aguijón del Hades- ¿qué debería de hacer? Ella tiene, con fe y oración, que pedir al Salvador Resucitado, Cristo, que ella pueda arrancar de su alma el aguijón de la muerte. Y Él, pleno de compasión como Él es, así lo hará, pues Él es el Dios de la Misericordia y del Amor. Cuando muchas avispas atacan el cuerpo de un hombre y lo hacen con sus aguijones, ese hombre queda envenenado y muere. Lo mismo acontece cuando un hombre es herido por los diversos aguijones de muchos pecados. El que no resucitó del pecado sucumbe a la muerte.

Conquistando al pecado dentro de sí por medio de Cristo, un hombre derrota a la muerte. Si un solo día pasó y usted no consiguió aún derrotar siquiera uno de sus pecados, vea que se volvió más mortal todavía. Si, en cambio, usted se libró de uno, dos, o tres de sus pecados, usted se volvió enormemente renovado en aquello que jamás envejece: la inmortalidad y la eternidad. Nunca nos olvidemos que, que alguien crea en Cristo, implica que tiene que luchar incesantemente contra el pecado, el mal y la muerte.

Un hombre demuestra que cree verdaderamente en el Señor Resucitado por medio de su ardua lucha contra las pasiones y contra el pecado; y si él lucha arduamente, puede tener certeza de que está luchando por la inmortalidad y por la vida eterna. Si no se consagra arduamente a esta lucha, entonces su fe será en vano. ¿Porque, si la fe de un hombre no es la lucha por la inmortalidad y por la eternidad, entonces qué es? ¿Si por la fe en Cristo alguien no busca la inmortalidad y la victoria sobre la muerte, entonces cuál es la finalidad de la fe? Si Cristo no resucitó, ello significa que el pecado y la muerte no fueron derrotados. Y si esas dos cosas no fueron dominadas, ¿entonces por qué debería alguien creer en Cristo? Por el contrario, aquel que, a través de la fe en la Resurrección de Cristo, lucha arduamente contra cada uno de sus pecados, refuerza profundamente dentro de sí el sentimiento de que Cristo realmente resucitó, que Él de hecho removió el aguijón de la muerte, que él de hecho derrotó a la muerte en todos los frentes de la batalla.

El pecado marca profundamente al hombre, lo lleva muy próximo a la muerte, y lo transforma de algo inmortal en mortal, de algo incorruptible e ilimitado en algo corruptible y lleno de limitaciones. Cuantos más pecados tiene una persona, más mortal se vuelve. Y si un hombre no se siente inmortal, es obvio que está totalmente preso en el pecado, en pensamientos pequeños, en sentimientos mórbidos. La Cristiandad es una apelación para la lucha ardua hasta el último aliento contra la muerte, es decir, hasta la victoria final sobre la muerte. Cada pecado es una caída, cada pasión es una traición, cada mal lleva una derrota.

Jamás nadie debería preguntar por qué el Cristiano sucumbe a la muerte corpórea. Esto se da porque la muerte del cuerpo es un tipo de sembradura. El cuerpo mortal es sembrado, nos dice San Pablo (vea I Corintios 15, 42), y es cultivado en el poder, volviéndose inmortal. Como la simiente que es sembrada, así también el cuerpo se disuelve, para que el Espíritu Santo pueda darle vida y hacerlo perfecto. ¿Si el Señor no hubiese resucitado en el cuerpo, qué beneficio obtendríamos con ello de Él? Él no habría salvado al hombre entero. ¿Si Él no hubiese resucitado el cuerpo, entonces por qué Él se hizo carne? ¿Por qué tomó un cuerpo para Sí, si no fue para ofrecernos su Divinidad?

¿Si Cristo no resucitó, por qué debería alguien creer en Él? Confieso sinceramente que jamás habría tenido fe en Cristo, si Él no hubiese resucitado, si no hubiese derrotado a la muerte, nuestra gran enemiga. Mas Cristo resucitó, y Él nos dio la inmortalidad. Sin esa verdad, nuestro mundo no sería otra cosa que una visión caótica de ignorancia odiosa. Solamente con Su gloriosa Resurrección nuestro maravilloso Señor y Dios nos libertó de la desesperanza y de la falta de sentido. Pues, sin la Resurrección, no hay nada más sin sentido en los cielos o bajo ellos que el mundo actual; ni hay mayor desesperanza que esta vida sin inmortalidad. Por esta razón, en todo el mundo no hay ser más infeliz que un hombre que no cree en la Resurrección de Cristo y en la resurrección de los muertos (vea I Corintios 15, 19). “Más le valdría a ese hombre no haber nacido” (San Mateo 26, 24).

En nuestro mundo secular, la muerte es el mayor de todos los tormentos y la cosa más horriblemente cruel. Liberación de ese tormento y de esa crueldad es precisamente lo que la salvación nos dispensa. Tal salvación fue dada a la humanidad solamente por el Vencedor de la Muerte, el Dios-Hombre Resucitado. Por medio de Su Resurrección, Él nos reveló todo el misterio de la salvación. Salvación significa tener la inmortalidad y la vida eterna garantizadas para el cuerpo y para el alma. ¿Pero cómo alcanzamos esto? Solamente en la vida del Dios-Hombre, en la vida de la Resurrección, por medio de Cristo Resucitado.

Para nosotros, Cristianos, la vida en esta tierra es una escuela en la cual aprendemos cómo garantizarnos la inmortalidad y la vida eterna. Pues, ¿qué beneficio resultaría de esta vida, si no podemos en ella alcanzar la inmortalidad? Pero, para que un hombre resucite como Cristo, tiene primero que morir como Él y vivir la vida de Cristo como si fuese la suya propia. Si así lo hiciere, entonces el Día de la Resurrección podrá decir, como San Gregorio El Teólogo: “Ayer fui crucificado como Cristo, hoy como Él soy glorificado; ayer morí como Él, hoy como Él nací; ayer como Él fui sepultado, hoy como Él resucité”.

En unas pocas palabras podemos resumir los Cuatro Evangelios de Cristo: “¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad, Él ha resucitado!” En cada una de esas palabras puede encontrarse el Evangelio de Cristo, del mismo modo que se puede encontrar todo el conocimiento del mundo de Dios, tanto lo conocido como lo desconocido, en los Cuatro Evangelios. Y cuando los sentimientos del hombre, junto con todos sus pensamientos, están centrados en el sonido estruendoso de la salutación Pascual, “¡Cristo ha resucitado!”, entonces la alegría de la inmortalidad conmueve a todas las cosas, y todas las cosas en júbilo proclaman el milagro Pascual: “¡En verdad, Él ha resucitado!”.

¡Sí, Cristo en verdad ha resucitado! Y un testigo de ello eres tú; yo soy testigo; todo Cristiano es un testigo de ello, comenzando por los Apóstoles y llegando hasta la Segunda Venida. Porque solamente el poder del Cristo Dios-Hombre Resucitado puede dar –y da continuamente ahora y dará continuamente en el futuro- el poder a todo Cristiano, desde el primero al último, de vencer todo lo que es mortal, y así a la misma muerte; todo lo que es pecaminoso, y así al mismo pecado; y todo lo que es demoníaco, y así al mismo demonio. Pues, simplemente por Su Resurrección, el Señor, de la manera más convincente, mostró y probó que Su vida es la Vida Eterna; Su amor, Amor Eterno; Su bien, Bien Eterno; Su verdad, Verdad Eterna; Su júbilo, Júbilo Eterno. Él también mostró y demostró todas las cosas que ofrece, en Su incomparable amor por la humanidad, para cada Cristiano, en cualquier era.

Con respecto a esas cosas, no hay un sólo acontecimiento, no al menos en los Evangelios, incluso en toda la historia de la humanidad, cuyo mayor testimonio haya sido dado, de una manera tan poderosa, tan indudable y tan indiscutible que el de la Resurrección de Cristo.

Sin duda, la Cristiandad, en toda su realidad histórica, en toda su fuerza y omnipotencia histórica, fue establecida sobre el hecho de la Resurrección de Cristo, es decir, en la Hipóstasis del Cristo Dios-Hombre en la Vida Eterna. Y para ello ahí está toda la extensa y milagrosa historia que la Cristiandad testimonia.

Realmente, si hay un hecho con el cual alguien podría resumir todos los eventos en la vida de Cristo y de los Apóstoles, y generalmente en toda la vida de la Cristiandad, ese hecho es la Resurrección de Cristo. Más incluso, si hay una realización que resuma todas las realizaciones del Nuevo Testamento, esa es la Resurrección de Cristo. Y, finalmente, si hay un milagro en los Evangelios que podamos decir que resume todos los milagros relatados en el Nuevo Testamento, ese milagro es la Resurrección de Cristo. Pues, únicamente a la luz de la Resurrección la persona de Jesús Cristo y Su milagrosa obra pueden ser conocidas. Únicamente a la luz de la Resurrección los milagros de Cristo, todas Sus verdades, todas Sus palabras y todos los acontecimientos del Nuevo Testamento son totalmente explicados.

Hasta la hora de Su Resurrección, el Señor enseñó sobre la Vida Eterna; mas en la Resurrección Él nos mostró que Él Mismo es Vida Eterna. Hasta la hora de Su Resurrección, Él enseñó sobre la Resurrección de la muerte; mas en la Resurrección Él mostró que Él Mismo era de hecho la resurrección de los muertos. Hasta la hora de Su Resurrección, Él enseñó que creer en Él nos arrancaba de la muerte para la vida; mas en Su Resurrección Él mostró que Él Mismo venció a la muerte y de este modo aseguró a aquellos afligidos por la muerte el tránsito de la muerte a la resurrección. Sí, sí, verdaderamente: el Dios-Hombre Jesús Cristo, con Su Resurrección, mostró y demostró que Él es el único verdadero Dios, el único Dios-Hombre en toda la humanidad.

Y, además de esto, sin la Resurrección del Dios-Hombre, sería imposible explicar el testimonio de los Apóstoles, o el martirio de los Mártires, o la confesión de los Confesores, o la santidad de los Santos, o el ascetismo de los Eremitas, o las bienaventuranzas de los Bienaventurados, o la fe de los Fieles, o el amor de los que aman, o la esperanza de los que esperan, o la oración de los que rezan, o el arrepentimiento de los arrepentidos, o la misericordia de los misericordiosos, o cualquiera de las virtudes o de los acciones Cristianas. ¿Si no hubiese el Señor subido a los Cielos como el Resucitado y no hubiese Él provisto a sus Apóstoles con el poder de dar la vida y la sabiduría milagrosa, qué podría haber unido a esos hombres cobardes y fugitivos, dándoles el coraje y la fuerza y la sabiduría para valerosamente predicar y confesar el Cristo Resucitado y seguirlo con júbilo hasta la muerte en Su Nombre? ¿Y si el Salvador Resucitado no los hubiese provisto de con su divino poder y sabiduría, cómo podrían esos hombres simples, pobres e ignorantes haber encendido en el mundo la llama inextinguible de la fe en el Nuevo Testamento? ¿Si la fe del Cristiano no fuese una fe en la Resurrección y, como consecuencia, en la Vida Eterna y en el Señor Vivificante, qué habría sido capaz de inspirar a los Mártires en el camino del Martirio, a los Confesores en el camino de la Confesión, a los Eremitas en el camino del ascetismo, a los Desapegados en el camino de la pobreza, a los Ayunadores en el camino de la abstinencia y a cualquier Cristiano en el camino de la Cristiandad?

Por ello es que todas estas cosas son verdaderas para mí y para todos los seres humanos, por medio de la Resurrección de Cristo. El Maravilloso y Dulce Jesucristo, el Dios-Hombre Resucitado, es el único Ser sobre los cielos en quien los hombres aquí en la tierra pueden derrotar a la muerte y a los pecados y al demonio y recibir la bendición y la inmortalidad, volviéndose miembros, verdaderamente, del Reino Eterno del Amor de Cristo. Para el ser humano, el Cristo Resucitado es la totalidad de todo en toda la humanidad: todo lo que es Bello, Bueno, Verdadero, Hermoso, Armonioso, Sagrado, Sabio y Duradero. Él es todo nuestro Amor, toda nuestra Verdad, todo nuestro Júbilo, toda nuestra Vida, la Vida Eterna en todas las sagradas eternidades e infinitos.

De San Justino (Popovich), archimandrita de Celije



[El presente texto de San Justino ha sido traducido -con su expreso permiso- a partir de una traducción previa al portugués realizada por André Borges de "Ortodoxia Brasil"[[1]]]